miércoles, 5 de marzo de 2008

NOCTURNO A ROSARIO DE MANUEL ACUÑA



Más allá del violeta intenso de los labios, del atónito de los ojos y del abrazo carmesí de uñas y piel al cerrojo de los puños, la tragedia se adivinaba a la vista de la fatigada mesa de ciprés donde confesaba sus sueños el poeta: El sobre lacrado con el nombre de su íntimo más íntimo, Juan de Dios Peza. La tinta temblorosa aún a la emoción del poema póstumo. Y un paquetito roto con el sello de la drogería Mariscala...

Sólo dos dracmas de cianuro cobró como alcabala la muerte.

¿En que pensaba, a sus 24 años, el estudiante de medicina Manuel Acuña, cuando escribía filosófico: “La tumba sólo guarda un esqueleto/ mas la vida en su bóveda mortuoria/ prosigue alimentándose en secreto...?”

¿Era, como juró el destinatario de su última epístola, la belleza frágil de Laura, la anónima musa de su poema más celebrado?

Acuña sostenía una relación menos idealizada con una poetisa que a la postre se convirtió en una intelectual famosa: Laura Méndez de Cuenca.

¿Era, como razonaban los profesores del joven coahuilense internado ocho años ha en la Escuela de Medicina, la abstracción amarguísima de sus amarguísimas ideas filosóficas?

¿Era, como perpetuó la leyenda, su amor imposible por la señorita de sociedad Rosario de la Peña y Llerena (“Cuerpo de modelado venusino; ojos grandes, negros y lánguidos, ceja fina y arqueada, nariz menuda, de aletas móviles que se distendían al respirar; labios grandes y carnosos, que corregían su longitud cuando dibujaban la sonrisa o el desdén; pie inverosímil...”)

Lo cierto, a decir del propio Peza, es que fue una mujer del pueblo, callada y dulce (“una de esas criollas de ojos negros, piel trigueña pero sonrosada; de pocas palabras, mejor seria que risueña y tan recatada en sus maneras que inspiraba respeto...”), quien pagó el monumento del poeta en el panteón del Campo Florido (ubicado en el barrio de Amanalco, que llegaba de lo que hoy es avenida Cuauhtémoc al Salto del Agua), coronado por una cruz gótica de hierro, en cuyo centro se dibujó con letras de oro su nombre.

La planchadora Soledad , entraba con su canasto a dejar o a recoger piezas, lavadas o por lavar, en el cuarto del poeta, que regresaba “albísimas y olorosas a retama”, poniendo “en el lustre de las percheras el escrúpulo del orfebre que bruñe un gorjal”.

Manuel Acuña nació en la ciudad de Saltillo Coahuila, un 27 de agosto de 1849. Hijo de Francisco Acuña y Refugio Navarro.

Médico y poeta quien aprendió sus primeras letras de parte de sus padres, luego estudió en el Colegio Josefino de la ciudad de Saltillo y alrededor de 1865 se trasladó a la ciudad de México, donde ingresó en calidad de alumno interno al Colegio de San Ildefonso, ahí estudio Matemáticas, Latín, Francés y Filosofía.

En enero de 1868, inició sus estudios en la Escuela de Medicina, siendo un estudiante distinguido pero inconstante. A su muerte cinco años después apenas había terminado el cuarto año de su carrera.

Un tiempo vivió en un humilde cuarto del ex-convento de Santa Brígida, luego se trasladó a un cuarto situado bajo el segundo patio de la Escuela de Medicina; curiosamente el mismo que años antes habitara otro infortunado poeta mexicano, Juan Díaz Covarrubias.

En este lugar se reunían muchos de los escritores jóvenes de la época como Manuel M. Flores, Miguel León Portilla, Vicente Morales y Juan de Dios Peza(con este último mantuvo un fuerte vínculo amistoso), algunos de ellos inscribieron sobre un cráneo, como si fuera un álbum; pensamientos y estrofas.

En 1868 Acuña inició también su breve carrera literaria. Dándose a conocer con una elegía a la muerte de su compañero y amigo Eduardo Alzúa. En ese mismo año junto con Agustín F. Cuenca y Gerardo Silva entre otros intelectuales, fundaron la Sociedad Literaria Nezahualcóyotl; escenario donde dio a conocer sus primeros versos.

Los trabajos presentados en la sociedad se publicaron en la revista "El Anáhuac" (México 1869) y en un folletín del periódico " La Iberia" bajo el nombre de "Ensayos literarios de la Sociedad Nezahualcóyotl". Este folleto se puede considerar como una de las obras de Acuña, ya que contiene además de trabajos de otros escritores, once poemas y un artículo en prosa, obras de Manuel.

Tiempo después en que a Acuña se le reconocía ya como un destacado poeta , el 9 de mayo de 1871 se estrenó "El Pasado", drama de su inspiración que recibió una buena acogida por parte del público.

En cuanto a su vida privada, el gran amor de su vida fue Rosario de la Peña y Llerena, una mujer sumamente atractiva que según parece, influyó tanto en su ánimo que mucho tuvo que ver con su trágica muerte. Ella despertó por igual la desesperada pasión de Acuña, el deseo de Flores, la senil adoración de Ramírez y el cariño devoto de Martí.

Cuatro hombres a los que ella, con sus encantos; llevaba a los extremos poéticos con el fin de satisfacerla y halagarla. Ellos se reunían en su casa convertida en tertulia, donde cada uno exponía sus nuevos versos, se hablaba y debatía de filosofía o de bibliografía.

Era tan desenfrenado y perturbador el amor que Acuña le tenía a Rosario, que le impidió disfrutar de sus mejores momentos como poeta, cuando ya era reconocido su genio, su calidad como escritor y nadie dudaba de su exitoso futuro.

Es ya una leyenda que su enamoramiento de Rosario de la Peña y Llerena, musa de “Nocturno” fue la presumible causa de su infortunado suicidio el 6 de diciembre de 1873 cuando decidió dejar de existir luego de ingerir cianuro de potasio ocurrido en el cuarto que éste, como alumno interno, ocupaba en el edificio que en ese entonces pertenecía a Ia Escuela de Medicina. Su cadáver cuyos ojos estaban cerrados se dice, derramaban lágrimas. Para otros, Rosario fue solamente una razón adicional a sus problemas de pobreza extrema. Cosa curiosa, la relación de Acuña con la poeta Laura Méndez, musa asimismo del poema que lleva su nombre, carece del interés morboso que ha recaído sobre aquella, quizá por tratarse de un amor no correspondido que, se presume, selló el destino fatal del joven poeta.

La vida de Manuel Acuña no fue todo lo sosa que pudiera esperarse en un joven estudiante de medicina, educado bajo la tutela de jesuitas, capaz de escribir versos como “Los dos una sola alma/ Los dos un solo pecho/ y en medio de nosotros/ Mi madre como un dios”. Su truculenta relación con Laura, de la que nació un hijo que murió víctima de la miseria al año siguiente de la muerte del propio Acuña, que además de estar sellada por esta tragedia lo estuvo también por la infidelidad de Laura (y los amores del poeta con una humilde lavandera que, hasta donde se sabe, no mereció una sola línea), no se compara, sin embargo, con su obsesión por Rosario, amiga de los más destacados intelectuales de su tiempo, enamorada a su vez de otro poeta, Manuel M. Flores, que también le dedicó algunos de sus mejores versos.

Llama la atención advertir el desdén con que Rosario se expresaba de aquél que la exaltó para la posteridad, aún después de muerto. No era para menos. Ella no sólo padeció por parte del poeta un asedio abrumador, sino que se volvió odiada por quienes admiraban y estimaban a Acuña, culpándola de su fatal decisión: “Acuña nació tan inclinado al suicidio –dice Rosario en entrevista con Carlos G. Amezaga- que debía matarse más temprano o más tarde, conociendo o no conociendo a esta Rosario a quien condenan las apariencias. Pertenecía el poeta a una familia desequilibrada, no cabe ya duda alguna”.

Otro aspecto de la biografía de Acuña que apasiona y conmueve a sus estudiosos, es la relación de su poesía con Dios, esto a partir de “Ante un cadáver”, donde, además de apoyarse en los conocimientos adquiridos en la escuela de medicina, confronta en un solo poema las visiones religiosa y científica que sobre la muerte se tienen: “La tumba sólo guarda un esqueleto/ Más la vida en su bóveda mortuoria/ Prosigue alimentándose en secreto”.

La obra en sí de Manuel Acuña es objeto de polémica, de opiniones encontradas. Para Juan de Dios Peza: “Los versos de Acuña han recorrido todos los dominios de la lengua castellana y en todas partes los admiran y los repiten, pues entre ellos hay muchos que bastan para revelar su genio”, mientras que para Marcelino Menéndez Pelayo: “Es, pues, un modelo peligrosísimo, y por eso insistimos en sus defectos, que fueron los de toda la juventud de su tiempo en México y en España, y que pueden ser contagiosos para quien tome el desaliño y la incorrección por marca de genio”.

Marco Antonio Campos, que se asume admirador y defensor de Manuel Acuña (“Mal leído por no decir pésimamente leído”) junto con José Emilio Pacheco y Vicente Quirarte, logra un espectro general y complejo de lo que fueron vida y obra del poeta coahuilense y aporta el estudio más completo y mejor sustentado de cuantos han intentado aproximarse a uno de los más controversiales mitos literarios de todos los tiempos.

Su cuerpo fue velado por sus amigos en la Escuela de Medicina y sepultado el día 10 de diciembre en el Cementerio del Campo Florido. A su entierro asistieron representantes de las sociedades literarias y científicas, además de "un inmenso gentío". En el acto sus amigos derrocharon sentimentalismo. En su honor hablaron Juan de Dios Peza, Gustavo Baz y Eduardo F. Zárate, entre otros. Las elegías y oraciones fúnebres con que se honró su memoria fueron nutridísimas destacándose las de Justo Sierra.

Posteriormente sus restos fueron trasladados a la Rotonda de los Hombres Ilustres del Cementerio de Dolores, donde se le erigió un monumento.

Para octubre de 1917, el estado de Coahuila reclamó las cenizas de Acuña que finalmente fueron trasladadas a Saltillo y yacen en la Rotonda de los Coahuilenses Ilustres del Panteón de Santiago de su ciudad natal.



Nocturno a Rosario

I

¡Pues bien! yo necesito
decirte que te adoro
decirte que te quiero
con todo el corazón;
que es mucho lo que sufro,
que es mucho lo que lloro,
que ya no puedo tanto
al grito que te imploro,
te imploro y te hablo en nombre
de mi última ilusión.

II

Yo quiero que tu sepas
que ya hace muchos días
estoy enfermo y pálido
de tanto no dormir;
que ya se han muerto todas
las esperanzas mías,
que están mis noches negras,
tan negras y sombrías,
que ya no sé ni dónde
se alzaba el porvenir.

III

De noche, cuando pongo
mis sienes en la almohada
y hacia otro mundo quiero
mi espíritu volver,
camino mucho, mucho,
y al fin de la jornada
las formas de mi madre
se pierden en la nada
y tú de nuevo vuelves
en mi alma a aparecer.

IV

Comprendo que tus besos
jamás han de ser míos,
comprendo que en tus ojos
no me he de ver jamás,
y te amo y en mis locos
y ardientes desvaríos
bendigo tus desdenes,
adoro tus desvíos,
y en vez de amarte menos
te quiero mucho más.

V

A veces pienso en darte
mi eterna despedida,
borrarte en mis recuerdos
y hundirte en mi pasión
mas si es en vano todo
y el alma no te olvida,
¿Qué quieres tú que yo haga,
pedazo de mi vida?
¿Qué quieres tu que yo haga
con este corazón?

VI

Y luego que ya estaba
concluído tu santuario,
tu lámpara encendida,
tu velo en el altar;
el sol de la mañana
detrás del campanario,
chispeando las antorchas,
humeando el incensario,
y abierta alla a lo lejos
la puerta del hogar...

VII

¡Qué hermoso hubiera sido
vivir bajo aquel techo,
los dos unidos siempre
y amándonos los dos;
tú siempre enamorada,
yo siempre satisfecho,
los dos una sola alma,
los dos un solo pecho,
y en medio de nosotros
mi madre como un Dios!

VIII

¡Figúrate qué hermosas
las horas de esa vida!
¡Qué dulce y bello el viaje
por una tierra así!
Y yo soñaba en eso,
mi santa prometida;
y al delirar en ello
con alma estremecida,
pensaba yo en ser bueno
por tí, no mas por ti.

IX

¡Bien sabe Dios que ese era
mi mas hermoso sueño,
mi afán y mi esperanza,
mi dicha y mi placer;
bien sabe Dios que en nada
cifraba yo mi empeño,
sino en amarte mucho
bajo el hogar risueño
que me envolvió en sus besos
cuando me vio nacer!

X

Esa era mi esperanza...
mas ya que a sus fulgores
se opone el hondo abismo
que existe entre los dos,
¡Adiós por la vez última,
amor de mis amores;
la luz de mis tinieblas,
la esencia de mis flores;
mi lira de poeta,
mi juventud, adiós!



Rosario de la Peña y Llerena


Se sabe que nació en una casa de Ia calle Santa Isabel, número 10, de Ia ciudad de México, el 24 de abril de 1847, y que era hija de don Juan de la Peña, rico hacendado, y de doña Margarita Llerena, quienes Ia educaron junto a sus hermanos y hermanas en un ambiente de roce social y de actualización literaria, ya que estaban emparentados por diversas vías con personalidades de Ia literatura y Ia política de la época, tales como el escritor español Pedro Gómez de Ia Serna y el Mariscal Bazaine, deI Imperio de Maximiliano.

La fama de esta joven cuyo nombre, sin haber sido jamás escritora, está unido indisolublemente a la historia de las letras patrias del siglo XIX. Otras dos circunstancias serían la clave de su fama. La primera, explicable a partir de la mentalidad socioestética que caracterizó al romanticismo, propicia esa fusión de realidad y fantasía, y esas actitudes idolátricas con respecto a la figura femenina, en las que el ideal se superponía al ente real en la búsqueda de la personificación de la belleza. En cuanto a la segunda, ésta se produjo con motivo del suicidio de Manuel acuña. La noticia de este hecho se dio a conocer al día siguiente junto con Ia primera publicación de su poema "Nocturno". En otras circunstancias, esta historia no habría pasado de un interesante rumor de salón, pero magnificada por la terrible aureola de la muerte del joven poeta, se convirtió en punto candente de todas las conversaciones. La muerte le había dado a su víctima un crédito que pocos y con muy escasa suerte se atrevieron a negarle. De manera que Rosario de la Peña fue desde entonces conocida como Rosario la de Acuña, quedando marcada para siempre.
Cuando advertimos esto, podemos suponer en qué medida ese poema póstumo de Acuña y el crédito de sus congéneres, causaron daño moral y psíquico a la verdadera Rosario, una de las tantas mujeres reales silenciadas por la historia, imposibilitadas para construirse su propia imagen pública. No sorprende entonces saber que a pesar de su clara inteligencia, se convirtió en una mujer triste, desconfiada, ansiosa e insegura, como la describió Martí: "usted en todas sus dudas y todas sus vacilaciones y todas sus esperanzas ante mí". Ni extraña tampoco su soltería definitiva (a pesar de sus tantos pretendientes) tras un prolongado noviazgo de más de once años con el poeta Manuel M. Flores, así mismo truncado por la enfermedad y muerte de él.



Manuel Acuña por José Martí


¡Lo hubiera querido tanto, si hubiese él vivido! Yo le habría explicado qué diferencia hay entre las miserias imbéciles y las tristezas grandiosas; entre el desafío y el acobardamiento; entre la energía celeste y la decrepitud juvenil. Alzar la frente es mucho más hermoso que bajarla; golpear la vida es más hermoso que abatirse y tenderse en tierra por sus golpes.

Hieren al vivo en el pecho, y recompone sonriendo sus girones; hieren al vivo en la frente, y restaña sonriendo las heridas. Los que se han hecho para asombrar al mundo, no deben equivocarse para juzgarlo; los grandes tienen el deber de adivinar la grandeza: ¡paz y perdón a aquel grande que faltó tan temprano a su deber!

Porque el peso se ha hecho para algo: para llevarlo; porque el sacrificio se ha hecho para merecerlo; porque el derecho de verter luz no se adquiere sino consumiéndose en el fuego. sufre el leño su muerte, e ilumina; y ¿más cobarde que un leño, será un hombre?. A él le queda por ceniza la ceniza: a nosotros el renombre, la justicia, la historia, la patria, el placer mismo de sufrir: ¿qué mejor sepulcro y qué mayor gloria?. Cerrada está a las plantas la superficie de la tierra: abrirla es violarla: nadie tiene el derecho de morir mientras que para erguir la vida que dieron le quede un pensamiento, un espanto, una esperanza, una gota de sangre, un nervio en pie. Para pedestal, no para sepulcro, se hizo la tierra, puesto que está tendida a nuestras plantas.

Yo habría acompañado al grande y sombrío Acuña, a aquella alma ígnea y opaca, cuyo delito fue un desequilibrio entre la concepción y el valor - yo le habría acompañado, en las noches de mayo, cuando hace aroma y aire tibio en las avenidas de la hermosísima Alameda [parque de la Ciudad de México]. De vuelta de largos paseos, tal vez de vuelta del apacible barrio de San Cosme, habríamos juntos visto cómo es por la noche más extenso el cielo, más fácil la generosidad, más olvidable la amargura, menos traidor el hombre, más viva el alma amante, más dulce y llevadera la pobreza.

Habría en mí sentido, apoyado su brazo en mi brazo, cómo hay un amor casi tan bello como el amor, pronto siempre en el hombre a complacencias infantiles y a debilidades de mujer: un suave amor sereno que llaman amistad. Y preparados ya a lo inmenso por ese cielo elocuente mexicano, que parece una azul sucesión de cielos, le habría yo inspirado la manera de acostarse, cielo y hombre, por la tranquilidad, que es un gran osadía, es un mismo lecho.

¿Tan pequeña es el alma que son límites las paredes sin tapiz, la vida sin holguras, equivocados y miserables amoríos y la fatal diferencia entre la esfera social que se merece y aquella en que se vive, entre la existencia delicada a que se aspira y la brusca y accidental en que se nace?

Yo sé bien qué es la pobreza: la manera de vencerla. Las compensaciones son un elemento en la vida, como lo son las analogías. La aspiración compensa la desesperación; la intuición divina compensa y premia bien el sacrificio.

Le habría yo enseñado cómo renace tras rudas tormentas, el vigor en el cerebro, la robustez y el placer en el corazón. Las esferas no vienen hacia nosotros, es preciso ir a las esferas. Si la fortuna nos produjo en accidentes desgraciados, la gloria está por vencer, y la generosidad en dar lección a la fortuna. Si nacimos pobres, hagámonos ricos; si sentimos el sol en el alma, qué gran crimen echar tierra oscura sobre el sol. Se es responsable de las fuerzas que se nos confían: el talento es un mártir y un apóstol: ¿quién tiene derecho para privar a los hombres de la utilidad del apostolado y del martirio?.

Y era un gran poeta aquel Manuel Acuña. El no tenía la disposición estratégica de Olmedo, la entonación pindárica de Matta, la corrección trabajosa de Bello, el arte griego de Téophile Gautier y de Baudelaire; pero en su alma eran especiales los conceptos; se henchían a medida que crecían; comenzaba siempre a escribir en las alturas. Habrán hecho confusión lamentable en su espíritu los cráneos y las nubes: aspirador poderoso, aspiró al cielo: no tuvo el gran valor de buscarlo en la tierra, aquí que se halla.

Hoy lamento su muerte: no escribo su vida; hoy leo su nocturno a Rosario, página última de su existencia verdadera, y lloro sobre él, y no leo nada. Se rompió aquella alma cuando estalló en aquel quejido de dolor.

El estaba enfermo de dos tristes cosas: de pensamiento y de vida. Era un temperamento ambicioso e inactivo: deseador y perezoso: grande y débil. Era una alma aristocrática, que se mecía apoyada en una atmósfera vulgar. El era pulcro, y murió porque le faltaron a tiempo pulcritudes de espíritu y de cuerpo. ¡Oh. la limpieza del alma!: he aquí una fuerza que aun es mejor compañera que el amor de una mujer. A veces la empaña uno mismo, y, como se tiene una gran necesidad de pureza, se mesa uno los cabellos de ira por haberla empañado. Tal vez esto también mató a Manuel Acuña; ¡estaba descontento de su obra y despechado contra sí!. No conoció la vida plácida, el amor sereno, la mujer pura, la atmósfera exquisita. Disgustado de cuanto veía, no vio que se podían tender las miradas más allá. Y aseado y tranquilo, acallando con calma aparente su resolución solemne y criminal, olvidó, en un día como éste, que una cobardía no es un derecho, que la impaciencia debe ser activa, que el trabajo debe ser laborioso, que la constancia y la energía son las leyes de la aspiración: y grande para desear, grande para expresar deseos, atrevido en sus incorrecciones, extraño y original hasta en sus perezas, murió de ellas en día aciago, haciéndose forzada sepultura; equivocando la vía de la muerte, porque por la tierra no se va al cielo, y abriendo una tumba augusta, a cuya losa fría envía un beso mi afligido amor fraternal.

de "El Federalista" México, 6 de Dic. de 1876 .

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