Mostrando las entradas con la etiqueta sonrisa. Mostrar todas las entradas
Mostrando las entradas con la etiqueta sonrisa. Mostrar todas las entradas

jueves, 26 de junio de 2008

EL VALOR DE UNA SONRISA


No cuesta nada,
pero crea mucho.

Enriquece a quienes la reciben,
sin empobrecer a quienes la dan.

Ocurre en un abrir y cerrar de ojos,
y su recuerdo dura a veces para siempre.

Nadie es tan rico que pueda pasarse sin ella,
y nadie tan pobre que no pueda enriquecerse por sus beneficios.

Crea la felicidad en el hogar,
alienta la buena voluntad en los negocios
y es la contraseña de los amigos.

Es descanso para los fatigados,
luz para los decepcionados,
sol para los tristes
y el mejor antídoto contra las preocupaciones.

Pero no puede ser comprada,
pedida, prestada o robada,
porque es algo que no rinde beneficio a nadie
a menos que sea brindada espontánea y gratuitamente.

Y si en la extraordinaria afluencia de último momento
alguien está demasiado cansado para brindarle una sonrisa,
¿podemos pedirle en cambio que nos deje usted una sonrisa suya?.

Porque nadie necesita mas de una sonrisa
como aquel que no le queda ninguna que dar.


Frank Irving Fletcher


Se necesitan 43 músculos para fruncir el ceño pero solo 15 para sonreir.

domingo, 17 de febrero de 2008

LA SONRISA (LE SOURIRE)


Cuenta Antoine de Saint Exupéry que fue capturado por el enemigo y arrojado a una celda. Por las miradas despectivas y el trato duro que recibí­a de sus carceleros, estaba seguro de que sería ejecutado al dí­a siguiente.

A partir de aquí, contaré la historia tal como la recuerdo aunque con mis palabras. Estaba seguro de que me matarí­an. Me puse terriblemente nervioso e inquieto. Revolví­ mis bolsillos para ver si algún cigarrillo habí­a escapado al registro. Encontré uno y me temblaban tanto las manos que apenas pude llevarmelo a los labios. Pero no tenía fósforos, se los habí­an quedado.

Miré a mi carcelero a través de los barrotes. No hizo contacto visual conmigo. Después de todo, nadie hace contacto visual con una cosa, con un cadáver.

Le grité: ¿Tiene fuego, por favor?. Me miró, se encogió de hombros y se acercó para encenderme el cigarrillo.Al acercarse y encender el fósforo, sus ojos accidentalmente se cruzaron con los mí­os.

En ese momento, sonreí­. No se por que lo hice. Tal vez fue por nerviosismo, tal vez fue porque, cuando dos personas se acercan mucho, cuesta no sonrei­r. Sea como fuere, sonreí­. En ese instante, fue como si una chispa hubiera saltado la brecha entre nuestros dos corazones, nuestras dos almas humanas.

Se que él no querí­a, pero mi sonrisa atravesó los barrotes y generó otra sonrisa en sus labios. Me encendió el cigarrillo pero se quedó cerca, mirandome directamente a los ojos y sin dejar de sonrei­r.Seguí­ sonriéndole, consciente de él ahora como persona y no ya sólo como carcelero.

Y su mirada pareciá adquirir una nueva dimensión. ¿Tienes hijos? preguntó.Si, aquí, aquí­. Saqué mi billetera y busqué tembloroso las fotos de mi familia. Él también sacó las fotos de sus hijos y empezó a hablar sobre sus planes y esperanzas con respecto a ellos.

Se me llenaron los ojos de lágrimas. Dije que temí­a no volver a ver a mi familia, no tener la oportunidad de verlos crecer. A él también se le llenaron los ojos de lágrimas.

De pronto, sin decir una palabra, abrió la celda y en silencio me llevó afuera. Salimos de la cárcel, y, despacio y por calles laterales, salimos de la ciudad.

Allá­, a la orilla de la ciudad, me liberó. Y sin decir una palabra, regresó a la ciudad.

Una sonrisa me salvó la vida.

Sí­, la sonrisa, la conexión sincera, espontánea y natural entre las personas. Cuento esta historia en mi trabajo porque me gustarí­a que la gente considerara que debajo de las capas que construimos para protegernos: nuestra dignidad, nuestros tí­tulos, nuestros diplomas, nuestro estatus y la necesidad de que nos vean de determinadas maneras, debajo de todo eso, está¡ el yo auténtico y esencial.

No me da miedo llamarlo alma. Realmente, creo que si esa parte tuya y esa parte mí­a pudieran reconocerse, no serí­amos enemigos. No podrí­amos sentir odio, ni envidia, ni miedo.

Llego a la triste conclusión de que todas esas otras capas, que construimos con tanto esmero a lo largo de nuestras vidas, nos distancian e impiden que nos pongamos en real contacto con los demás.

La historia de Saint Exupéry habla de ese momento mágico en que dos almas se reconocen. He tenido algunos momentos así­. Al enamorarme por ejemplo. Al mirar a un bebé. ¿Por qué sonreí­mos cuando vemos un bebé? Tal vez sea porque vemos a alguien sin todas esas capas defensivas, alguien cuya sonrisa nos resulta genuina y sin engaños.

Y el alma de niño que llevamos dentro sonrí­e anhelante en reconocimiento.


Hanoch McCarty