Oh ¡Señor de los humanos, haz que mi amo sea fiel a sus semejantes, como yo lo soy con él!.
Que sea capaz de consagrarse a sus amigos y a su familia, como yo me dedico a él.
Que sea franco y sincero como yo; que sea veraz para que pueda conquistar toda la confianza de los que tratan con él, a la medida en que yo creo en él.
Dótalo de una cara llena de optimismo, de ese optimismo que sólo yo puedo expresar cuando meneo la cola; dótalo de un espíritu de gratitud equivalente al que yo revelo con mi lengua, cuando le lamo.
Llénalo de paciencia igual a la mía que espero sus pasos pacientemente, horas enteras sin quejarme, llénalo de mi instinto de vigilancia, de mi valor y de mi presteza para sacrificar las satisfacciones de la vida.
Consérvalo siempre de joven de corazón y siempre inspirado en el anhelo de obrar tan lealmente como yo.
Ese derecho lo adquirío, centímetro a centímetro,en todas las calles que transitó, ya sea las de asfalto, ya sea las del alma de todos aquellos que tuvimos el privilegio de conocerlo.
Era un perrazo de pelo blanco y, distribuidas estratégicamente sobre todo él, una serie de manchas negras. Su cola, físicamente, tenía la forma de un peludo signo de interrogación. Su cola, metafóricamente, se me ocurría la eterna incógnita de su vida que para evitar la problemática inherente, él, filosóficamente, ubicaba lejos de su campo focal, es decir, adonde terminaba su humani... perdón, su "perridad".
Nos conocimos cuando por esas cosasencontramos en el edificio donde él nació, un sitio para vivir nosotros. Nuestras relaciones desde el principio fueron en "crecendo". Le bajábamos comida con frecuencia y él la agradecia sobriamente, esbozando un breve y amistoso saludo a nuestro paso. Tenía la costumbre de estirar su voluminoso cuerpo a lo largo del hall de entrada, preocupándose muy poco de quién entraba o salía, pero vigilando a todos.
Convencido de nuestra amistad, un buen día nos concedío el honor de la suya y lo demostró subiendo con nosotros a nuestro artamento. Los porteros y algunos amigos festejaronlo que ellos concideraban una auténtica victoria nuestra, ya que nadie con anterioridad había conseguido semejante hazaña. Quizá , para prevenir un lógico exceso de entusiasmo por nuestra parte, impuso una serie de condiciones que aceptamos de buen agrado. Por ejemplo, utilizar la escalera en lugar del ascensor y no intentar detenerlo cuando le diera la gana de irse. A partir de aquel momento, fue un asiduo visitante de nuestra casa, aunque cada una de sus visitas nos costaba un buen esfuerzo, pues subíamos con él los cinco pisos de la dichosa escalera.
Todo marchaba de maravillas hasta que un día "Ella" no se sintió bien como para subir andando hasta la vivienda; entonces se dio por enterado y desde ese instante entró siempre en el ascensor; incluso, muchas veces lo hacia solo; el portero le abría la puerta y alguien de nosotros lo recibía en el quinto.
La perrera visitaba el barrio con frecuencia, bien enterada de que en aquellas calles vagaban una buena colección de "chuchos" (así le llaman los madrileños a los perros vagabundos) en quienes descargar su sospechoso sentido de la higiene y del deber, a sabiendas de que los habitantes del barrio nos preocupábamos por alimentarlos y vacunarlos, día a día y año tras año. La prueba de ello es que cada callejero llevaba un modesto collar con su chapa de salubridad correspondiente.
Palomo o Moro, como indistintamente le llamábamos, llevaba varias aparte de la que rezaba "Estoy vacunado" y en cada una de ellas el número telefónicode alguien que, como nosotros, temía que a pesar de sus garantías de higiene se lo llevase la dichosa perrera. En resumen: el collar que Moro lucía orgullosamente era una auténtica guía telefónica del barrio. Sumadas a estas precauciones, estaba la de haber repartido en las dos o tres delegaciones donde se llevaba a los perros recogidos, varias fotos del sujeto, acompañadas con el inocente chantaje de una botella de licor, asegurándonos así el aviso inmediato en caso de que por allí apareciera. Por supuesto que al hacer todo esto estábamos subestimando la natural astucia del animal, a quien, por más que lo intentaron, nos consta, jamás lograron atrapar; pero sucede que cuando queremos a alguien toda precaución nos parece poca.
Su libertad absoluta nos invitaba a defendérsela a ultranza, olvidándonos que la libertad no puede tener mejor guardián que uno mismo.
El viejo Pablo era el portero nocturno del edificio y fue guardián de obra cuando se construyó. El viejo Pablo era un anciano que irradiaba una inmensa ternura desde la insalvable trinchera de su timidez.
El viejo Pablo era de ese tipo de seres que han empezado su vida alrededor de una resignación que se adivina en cada una de sus palabras y de sus actitudes. El viejo Pablo daba la sensación de que a cada instante pedía perdón por el aire que gastaba y por el piso que utilizaba para caminar. Al viejo Pablo le sucedieron cosas dramáticas en su vida personal, aparte de aquellas que debió vivir durante la guerra y la posguerra españolas. Los ojos del viejo Pablo eran opacos como su vida y sólo le brillaban cuando, por la costumbre, se le llenaban de lágrimas mientras relataba entrecortadamente algún pasaje de su historía. Es difícil desacostumbrar a los ojos cuando la vidalos a sometido a tanto llanto, tantas veces. Él era el verdadero amo de Moro, más no por su decisión, sino por la del propio perro. Diariamente, Pablo terminaba su labor a las ocho de la mañana y emprendía su caminata hasta la Plaza de Castilla que quedaba a poco menoa de un kilómetro de distancia, para coger el Metro que lo llevaba a su hogar. Cuando Moro dormía en nuestra casa (muchas noches lo hacía), a las siete en punto suavemente nos despertaba para que le abriésemos la puerta. Bajaba presurosamente la escalera y esperaba al viejo sentado en la acera. Cuando éste salía lo acompañaba hasta el túnel del Metro y se volvía. Así todos los días, con sol y con lluvia, invirno y verano, a excepción de los domingos que Pablo tenía su día libre. Ese día a nuestro amigo no había forma de despertarlo, por lo menos hasta el mediodía. ¡Qué curiosa e infalible medición instintiva del tiempo tienen los animales!.
Cuando andaba por el barrio vivía en nuestro hogar y disfrutábamos de su compañía durante dos o tres semanas a lo sumo. Al cabo de ellas se esfumaba como por arte de magia. Las primeras veces nuestra preocupación por su suerte nos llevaba a recorrer las delegaciones de la perrera, las calles del vecindario,incluso a sospechar su muerteen algún combate del dominio territorial, Nos dedicábamos también a preguntar a los traperos y gitanos que frecuentan el barrio, con el temor de que hubiera sido capturado por éstos y vendido a algún laboratorio, en donde para experimentar, suelen comprar perros a estos personajes sin averiguar su procedencia. Cuando después de un tiempo lo dábamos por perdido, aparecía de pronto como se había ido. Generalmente regresaba más flaco y con algunas huellas de pelea. Permanecía con nosotros otras dos o tres semanas y la historia volvía a empezar otra vez. El alivio a nuestras preocupaciones llegó cuando descubrimos el motivo de sus correrías... ¡Callejera como él!... Atravesaba un auténtico laberinto de calles y avenidas, algunasde tránsito rápido, esperando pacientemente en el sitio que corresponde en cada una de ellas la señal de "pasen peatones" para atravesarlas, como un buen hijo de vecino respetuoso de las reglas que la sociedad impone a todos.
De los niños soportaba cualquier cosa que le hicieran. En el baldío de enfrente antes de que se convirtiera en jardín con iglesia en el centro, solía jugar toda una pandilla de críos a los a los clásicos juegos de los chicos, es decir a policías y ladrones, detrás de un balón, etc. Él era uno más de la pandilla y estaba integrado a ella por decisión bilateral. Él a gusto con los niños y los niños a gusto con él. Era un personaje amigo de todo el mundo, aunque debo aclarar que no regalaba ese sentimiento a cierto sereno nocturno, de quien sin duda guardaba el desagradable recuerdo de un buen golpe en su lomo, y tampoco a los curas. No hacía distinciones,sotana que veía, sotana que recibía su agresiva forma de manifestar la mala impresión que le causaba. El motivo de este rechazo no lo supimos nunca y prefiero no perderme en lucubraciones al respecto.
Como a la mayoría de los perros los automóviles le atraían de dos maneras. Una era sentarse cómodamente en el asiento trasero tratando de asomar el hocico por las ventanillas abiertas para recibir la caricia del aire en su cara, protestando airadamente cuando el invierno o la lluvia nos obligaba a cerrarlas. La otra, su batalla personal con los neumáticos de cualquier vehículo en movimiento que pasaba por nuestra calle.
Creo que fue esto lo que le costó la vida.
Nos llamó un operario de una obra en construcción cerca del sitio donde vivía su "favorita" y, curiosamente, escogío nuestro número de teléfono entre los muchos que colgaban de su collar.
"No tiene ninguna herida -nos dijo-, debe de haber sido un coche".
Si, ese cómodo y feroz asesino de nuestro tiempo había segado la apasionante vida de uno de los seres más libres que he conocido.
El anecdotario de "Callejero" es tan extenso que sería menester ocupar la totalidad de las páginas de este libro para acercarnos a conocer su dimensión casi humana. Pero no son sus anécdotas la verdadera razón que me llevó a escribir unos versos sobre él sino su libertad, su respeto hacia la ajena, ya que nunca condicionó a nadie para poder pasar cómodamente por este mundo, su sentido limpio de la amistad total, su absoluta indiferencia por la posesión de cosas que pudieran aprisionar su independencia ejemplar y, por encima de todo, la razón más fuerte de todas: el incontrolable sentimiento de amor que despertó en todos los que tuvimos la oportunidad de amarlo.
R.I.L. (Requiestat in Libertate)
Era callejero por derecho propio; su filosofía de la libertad fue ganar la suya, sin atar a otros y sobre los otros no pasar jamás.
Aunque fue de todos, nunca tuvo dueño que condicionara su razón de ser. Libre como el viento era nuestro perro, nuestro y de la calle que lo vio nacer.
Era un callejero con el sol a cuestas, fiel a su destino y a su parecer; sin tener horario para hacer la siesta ni rendirle cuentas al amanecer.
Era nuestro perro y era la ternura, esa que perdemos cada día más y era una metáfora de la aventura que en el diccionario no se puede hallar.
Digo ""nuestro perro"" porque lo que amamos lo consideramos nuestra propiedad y era de los niños y del viejo Pablo a quien rescataba de su soledad.
Era un callejero y era el personaje de la puerta abierta en cualquier hogar y era en nuestro barrio como del paisaje, el sereno, el cura y todos los demás.
Era el callejero de las cosas bellas y se fue con ellas cuando se marchó; se bebió de golpe todas las estrellas, se quedó dormido y ya no despertó.
Nos dejó el espacio como testamento, lleno de nostalgia, lleno de emoción. Vaga su recuerdo por los sentimientos para derramarlos en esta canción.
El perro más feo falleció a los nueve años luego de dar una larga batalla contra el cáncer, según The Times de San Petersburgo en Florida.
Con un ojo, tres patas, sin pelo y un gesto extraño en su cara, Gus se ganó el título del perro más feo del mundo en el Mundial anual del perro más feo, concurso que se llevó a cabo en el Condado de Sonoma-Marin, en el norte de California.
El dueño de Gus había dicho que el dinero del premio del concurso sería usado para un tratamiento de radiación para el perro.
Gus, de la raza Chino Crestado, provenía de orígenes humildes. Según la feria, su familia adoptiva en Gulfport, Florida, lo rescató después de enterarse de que era mantenido en una canasta dentro de un garaje.
Tenía una pierna amputada debido a un tumor superficial y perdió un ojo en una pelea con un gato.
Su horrible aspecto fue mostrado, en la televisión este año en el programa "Today" de la cadena de televisión ABC y en Fox News, donde todos coincidieron que no podía ser más feo. Tenía 8 años de edad.
Su dueña, Jeanene Teed, ganó 1.600 dólares como contribución al tratamiento de la quimioterapia a la que era sometido. Pero el tratamiento no surtió el efecto esperado y el domingo 9 de noviembre por la noche la salud de Gus comenzó a agravarse rápidamente hasta que ha murío de una convulsión.
El perro ha sido sepultado en el patio de la vivienda de su dueña en una tumba cubierta por un pequeño arbusto y flores amarillas. Al dar el adiós, su dueña ha manifestado su esperanza de que "surja algo hermoso de toda su fealdad", según el diario.
Hoy cumplí una semana de nacido. ¡Que alegría haber llegado a este mundo!.
Primer mes
Mi mamá me cuida muy bien. Es una mamá ejemplar.
Dos meses
Hoy me separaron de mi mamá. Ella estaba muy inquieta, y con sus ojos, me dijo adiós, como esperando que mi nueva "familia humana" me cuidara tan bien como ella lo había hecho...
Cuatro meses
He crecido rápido; todo me llama la atención. Hay varios niños en la casa que para mí son como mis "hermanitos". Somos muy inquietos, ellos me jalan la cola y yo los muerdo jugando.
Cinco meses
Hoy me regañaron, mi ama se molestó porque me hice " pipí" adentro de la casa... pero nunca me habían dicho dónde debía hacerlo.
Además, duermo en el dormitorio y... Ya no me aguantaba.
Ocho meses
Soy un perro feliz.
Tengo el calor de un hogar; me siento tan seguro, tan protegido...
Creo que mi familia humana me quiere y me consiente mucho...
Cuando están comiendo me convidan, el patio es para mi solito y me doy vuelo escarbando como mis antepasados los lobos cuando esconden la comida.
Pero nunca me educan, seguramente ha de estar bien todo lo que hago.
12 meses
Hoy cumplí un año. Soy un perro adulto y mis amos dicen que crecí más de lo que ellos pensaban. ¡Qué orgullosos se deben sentir de mí!.
Trece meses
Qué mal me sentí hoy...
Mi "hermanito" me quitó la pelota. Como yo nunca agarro sus juguetes fui y se la quité. Pero como mis mandíbulas se han hecho muy fuertes y lo lastimé sin querer. Después del susto me encadenaron casi sin poderme mover al rayo del sol. Dicen que van a tenerme en observación y que soy muy ingrato... no entiendo nada de lo que pasa.
Quince meses
Ya nada es igual... vivo en la terraza... me siento muy solo... mi familia ya no me quiere.
A veces hasta se olvidan que tengo hambre y sed y cuando llueve no tengo techo con que taparme...
Dieciseis meses
Hoy me bajaron de la terraza. Pensé que seguramente mi familia me había perdonado...
Me puse tan contento que daba saltos de gusto y mi cola parece un molinete. Hasta parece que me van a llevar con ellos de paseo.
Subimos al auto, enfilamos hacia la ruta y anduvimos un largo trecho hasta que de repente pararon. Abrieron la puerta y yo me bajé feliz creyendo que haríamos nuestro "día de campo".
No comprendo porqué cerraron la puerta y se fueron...
"¡Oigan, esperen!" - ladré... "¡se olvidan de mi...!"
Corrí detrás del coche con todas mis fuerzas... mi angustia crecía al darme cuenta que casi me desvanecía y ellos no se detendrían:
Me habían abandonado...
Diecisiete meses
He tratado en vano de buscar el camino de regreso a casa. Me siento y estoy perdido, en mi sendero hay gente de buen corazón que me vé con tristeza y me dá algo de comer... Yo les agradezco con mi mirada y desde el fondo con mi alma... quisiera que me adoptaran y sería leal como ninguno.
Pero tan sólo dicen "pobre perrito", se debe haber perdido.
Dieciocho meses
El otro día pasé por una escuela y vi a muchos niños y jóvenes como mis "viejos hermanitos". Me acerqué y un grupo de ellos, riéndose, me lanzó piedras "para ver quién tenía mejor puntería"...
una de esas piedras me lastimó el ojo y desde entonces ya no veo bien.
Diecinueve meses
Parece mentira, cuando estaba más bonito se compadecian más de mí... Ahora estoy muy flaco, mi aspecto ha cambiado... perdí mi ojo y la gente más bien me saca a escobazos cuando pretendo echarme en una pequeña sombra...
Veinte meses
Casi no puedo moverme.
Hoy al tratar de cruzar la calle por donde pasan los coches, uno me arrolló.
Según yo, me encontraba en un lugar seguro, pero nunca olvidaré la mirada de satisfacción del conductor, que hasta se ladeó con tal de centrarme.
Ojalá me hubiera matado... pero sólo me dislocó la cadera.
El dolor es terrible, mis patas traseras no me responden y con dificultades me arrastré hacia un poco de hierba al costado del camino... Llevo ya 10 días bajo el sol, la lluvia y el frío, sin comer.
No me puedo mover, el dolor es insoportable. Me siento muy mal; quedé en un lugar húmedo y parece que hasta mi pelo se está cayendo.
Alguna gente pasa y ni me ve; otras dicen: "No te acerques".
Ya casi estoy inconsciente, pero alguna fuerza extraña me hizo abrir los ojos. La dulzura de su voz me hizo reaccionar. "Pobre perrito, mira como te han dejado", decía... junto a ella venía un señor de bata blanca, empezó a tocarme y dijo: "Lo siento señora, pero este perro ya no tiene remedio, es mejor que deje de sufrir".
A la gentil dama se le salieron las lágrimas y asintió. Como pude, moví el rabo y la miré agradeciéndole que me ayudara a descansar... Sólo sentí un pinchazo y me dormí para siempre, pensando en porqué tuve que nacer si nadie me quería...
En el puerto de montaña del Gran monte St. Bernhard, a 2.472m sobre el nivel del mar, fundaron unos monjes en el soglo XI, un refugio para viajeros y peregrinos.Sin duda, la imagen del Hospicio del Gran San Bernardo se encuentra asociada indisolublemente a la de sus grandes perros de rescate.
Históricamente, las primeras referencias a perros en el Hospicio se remontan a finales del siglo XVII. En un principio, eran utilizados para tareas de trabajo, transporte y vigilancia. De hecho, en 1787 una treintena de bandidos que pretendían desvalijar el Hospicio fueron eficazmente ahuyentados por la sola presencia de aquellos enormes animales.Pero a partir de mediados del siglo XVIII, los monjes empiezan a utilizar a sus perros para el rescate.
El Hospicio lo tenía todo muy bien organizado, y procuraba reunir a quienes deseaban atravesar el Puerto en grupos que viajaban acompañados por un "marronier" o guía. El "marronier" llevaba siempre consigo a uno o varios perros, para que le sirviesen de protección y ayuda e incluso para transportar pequeñas cargas en una especie de alforjas. Sin embargo, era frecuente que algunos viajeros se adentrasen solos en la montaña, y en ese caso el "marronier", en cuanto tenía noticias de ello, salía a buscarlos, siempre acompañado de su perro. Con un tiempo tan terrible, no era raro que los viajeros (o incluso los propios "marroniers") quedasen atrapados en algún desprendimiento o avalancha, o resbalasen por los caminos helados.
En estas ocasiones, los perros resultaban insustituibles. Gracias a su excepcional olfato, eran capaces de localizar a una persona enterrada bajo varios metros de nieve, y con su gran tamaño y su tremenda fuerza física conseguían abrirse paso hasta ella. También eran capaces de oír los gritos de auxilio desde grandes distancias, ante lo cual llamaban frenéticamente la atención de los monjes e incluso, según confirman las crónicas, a veces se lanzaban ellos solos al rescate. Se calcula que, a lo largo de dos siglos, los monjes y sus perros salvaron a unas dos mil personas atrapadas en la nieve, localizando además a más de doscientos cadáveres, que aún yacen en la "morgue" del Hospicio.
Barry es el nombre del perro de raza San Bernardo más famoso de la historia. Entre 1800 y 1812 vivió en el Hospicio de San Bernardo, ubicado en el paso homónimo, en Suiza. Allí ayudaba a los monjes del Hospicio, auxiliando viajeros y peregrinos extraviados, aportando su notable desenvolvimiento en la nieve y sentido de orientación. Su fama se debe a una leyenda iniciada presumiblemente a fines de 1860, que da cuenta del heroico rescate de 40 viajeros perdidos, hasta que el último de ellos lo confunde con un animal salvaje y le da muerte. Aunque esta historia es falsa, ha sido reproducida por decenas de libros y revistas, contribuyendo a acrecentar notablemente la fama de los San Bernardo.
En 1812 un monje lo lleva a la ciudad de Berna, donde muere en 1814. Su cuerpo embalsamado se encuentra expuesto en la entrada del Naturhistorisches Museum der Burgergemeinde (Museo de Historia Natural de Berna - Suiza).
En la localidad de Asnière, cerca de París (Francia), un monumento inmortaliza la imagen de Barry, al pie del cual se puede leer la siguiente inscripción: "Il sauva la vie à 40 personnes. Il fut tué par le 41ème" (El salvó la vida de 40 personas, fue muerto por la 41º).
Barry, que significa "osito" en dialecto bernés, fue un nombre muy común entre los perros del Hospicio, y parece que en un principio los monjes empleaban la palabra para referirse genéricamente a todos ellos. A principios del siglo XX, otro Barry (conocido como "Barry II") alcanzó una fama similar a la de su antecesor, y cuando murió ahogado en el lago fueron muchos los museos europeos que solicitaron su cadáver para exponerlo con todos los honores; pero el agua lo había deteriorado tanto que resultó imposible disecarlo. Quien sí está disecado es "Barry III", muerto al caer por un barranco en 1910 y expuesto actualmente en el museo del Hospicio.
Era callejero por derecho propio; su filosofía de la libertad fue ganar la suya, sin atar a otros y sobre los otros no pasar jamás.
Aunque fue de todos, nunca tuvo dueño que condicionara su razón de ser. Libre como el viento era nuestro perro, nuestro y de la calle que lo vio nacer.
Era un callejero con el sol a cuestas, fiel a su destino y a su parecer; sin tener horario para hacer la siesta ni rendirle cuentas al amanecer.
Era nuestro perro y era la ternura, esa que perdemos cada día más y era una metáfora de la aventura que en el diccionario no se puede hallar.
Digo "nuestro perro" porque lo que amamos lo consideramos nuestra propiedad y era de los niños y del viejo Pablo a quien rescataba de su soledad.
Era un callejero y era el personaje de la puerta abierta en cualquier hogar y era en nuestro barrio como del paisaje, el sereno, el cura y todos los demás.
Era el callejero de las cosas bellas y se fue con ellas cuando se marchó; se bebió de golpe todas las estrellas, se quedó dormido y ya no despertó.
Nos dejó el espacio como testamento, lleno de nostalgia, lleno de emoción. Vaga su recuerdo por los sentimientos para derramarlos en esta canción.
Han transcurrido ya mas de 100 años desde la aparición del emblema que hizo a un perrito fox-terrier, llamado Nipper, convertirse en el perro más popular y conocido del mundo.
Las circunstancias sumadas a las coincidencias, jugaron a favor de Nipper para que él fuera el integrante más importante, del símbolo comercial más famoso y conocido hasta el presente. La feliz idea del pintor inglés Francis Barraud de plasmar con óleo en la tela, la escena que observó repetidas veces en su casa, tuvo su origen cuando recibió como herencia entre otras cosas, un fonógrafo con cilindros de cera y el perrito Nipper que pertenecieron a su hermano, fallecido poco tiempo antes.
Fue así que, cuando Barraud reproducía ese fonógrafo uno de los cilindros, grabados con la voz de su hermano, observaba que Nipper se acercaba a la bocina y mirándola escuchaba atentamente la voz de su antiguo amo. Tal cual ese momento, fue pintado por Barraud. Tan simple como auténtico su título His master's voice (La voz de su amo), ocurrió en el año 1895.
Tiempo después esa obra fue ofrecida por su autor a la Edison Bell Co. de Londres, pero la oferta fue rechazada por esa compañía, inventora del fonógrafo a cilindro. Ante esa negativa de compra, Francis Barraud decidió entonces colgar el cuadro en una de las paredes de su taller.
Allí permaneció durante cuatro años hasta que enterado de dicha obra, se presentó ante el pintor el señor William Barry Owen y le sugirió a Barraud que reemplazara el fonógrafo a cilindro de Edison de 1877, por el gramófono a disco inventado por Emilio Berliner en 1888. Barraud así lo hizo. Sobre la figura del fonógrafo pintó la del gramófono. Era en 1899 y la obra adquirió ese mismo año, la pequeña y modesta "Gramophone" en la que William B. Owen se desempeñaba como gerente de relaciones y propaganda.
Fue a partir de la adquisición de tal obra que ambos, la compañía "Gramophone" y Nipper comenzaron a mostrarse y hacerse famosos en el mundo entero pues todos los productos fabricados por la compañía, llevaron sin excepción impresos o moldeados ese simpático emblema que cumplirá en este decenio, su primer siglo de existencia.
Desde las primeras grabaciones acústicas sobre matriz de cera hasta las actuales láser, compactas o digitales, llevaron, llevan y seguramente llevarán a Nipper sentado frente a una bocina como símbolo de la grabación y reproducción del sonido.
La perra "Laika", enviada al espacio a bordo de una cápsula soviética el 3 de noviembre de 1957, abrió simbólicamente hace medio siglo el camino de los terrestres hacia las estrellas.
Su muerte en el espacio fue frecuentemente comparada a una inmolación.
Ese episodio histórico en la conquista del espacio se produjo un mes después del lanzamiento del primer satélite artificial, el Sputnik-1, que había girado en torno de la Tierra el 4 de octubre de 1957.
Después del éxito inicial, los soviéticos volvieron a la carga 30 días más tarde con el Sputnik-2, más pesado (508 kg contra 83 kg del Sputnik-1) y más complejo, con una perra en el interior de la cabina presurizada.
Esa experiencia sin precedentes tenía dos objetivos.
Desde el punto de vista político, en vísperas del 40º aniversario de la revolución de 1917, su objetivo era demostrar la superioridad de la tecnología de la URSS sobre la de sus adversarios norteamericanos.
Desde el punto de vista científico, se trataba de verificar al mismo tiempo si un ser vivo podía soportar las condiciones espaciales.
La perra se llamaba Kudriavka ("Rizada" en ruso), pero se haría famosa bajo el seudónimo de "Laika" ("Ladradora"), nombre que designa a un perro de caza de Siberia, de apariencia similar a la del fox terrier.
El animal era un perro huérfano que, según la leyenda, fue encontrado y capturado entre otros perros callejeros en Moscú.
El domingo 3 de noviembre de 1957 a las 22H28, "Laika", vestida con un traje cubierto con sensores destinados a transmitir su ritmo cardiaco, su presión arterial y su frecuencia respiratoria, y dispuesta ante una cámara de video, dejó la Tierra en un viaje sin retorno. Según informaciones oficiales, "Laika" soportó bien su misión a 1.600 km de altitud, pero las condiciones en que pasó sus últimos instantes quedaron envueltas en una bruma incómoda durante el anuncio del éxito de la misión, que debía durar entre siete y diez días.
Algunos decían que la perra se había extinguido apaciblemente al absorber un veneno incluido en su última porción de comida, otros que su muerte fue consecuencia del agotamiento de las reservas de oxígeno.
El misterio fue desvelado 45 años después.
Uno de los responsables de la misión, Dimitri Malachenkov, del Instituto de Biomedicina de Moscú, reveló en ese momento que "Laika" había muerto al cabo de algunas horas a causa de malestares iniciados desde el despegue mismo de su cápsula.
Aturdida por el zumbido y las vibraciones del lanzador, la perra pataleaba vigorosamente y su corazón batía tres veces más rápido de lo normal.
Ya en órbita, y al volver el silencio al interior de la cápsula, la perra se calmó, pero poco tiempo después surgieron algunos problemas técnicos insuperables.
Durante la separación del lanzador y el satélite se había desprendido una parte del aislamiento térmico de la cabina.
Al cabo de cuatro horas, la temperatura a bordo alcanzaba los 41 grados Celsius, en lugar de 15, y seguía subiendo. Cinco horas después del despegue, "Laika" no dio más señales de vida. Su tumba celeste giró en torno a la Tierra hasta el 14 de agosto de 1958, fecha en la que se consumió al impacto con las densas capas de la atmósfera.
La misión fue, entonces, un fracaso parcial, pero sus enseñanzas permitieron enviar a otros perros al espacio y, sobre todo, hacerlos regresar sanos y salvos a la Tierra.
El acceso del hombre al espacio pasó del sueño a la realidad con el vuelo del soviético Yuri Gagarin el 12 de abril de 1961.
Laika había sido seleccionada entre centenares de perros porque cumplía con los requisitos físicos (menos de 6 kilos y 35 centímetros de altura), pero también por su resistencia.
Los científicos rusos pensaban que un perro callejero acostumbrado a luchar diariamente por la supervivencia soportaría mejor los entrenamientos que un perro de raza.
"Se daba preferencia a perros de carácter reposado y con facilitad de aprendizaje", aseguró Oleg Gazenko, entonces director del programa de adiestramiento de "perros cosmonautas".
Laika superó con nota los mismos exámenes y pruebas que luego se aplicarían a los humanos.
Para satisfacer el capricho de Jruschev, el padre de la cosmonáutica soviética, Serguéi Koroliov, tuvo que improvisar sobre la marcha una cápsula espacial sin módulo de retorno.
La suerte de Laika estaba echada: la perra nunca regresaría a la Tierra y sacrificaría su vida para demostrar la resistencia de los seres vivos a los condiciones de ingravidez.
El 3 de noviembre de 1957 la agencia de noticias soviética emitió un despacho en el que comunicaba al mundo que había sido lanzada "una segunda nave espacial" (el Sputnik-2), que transportaba "un contenedor hermético con un animal en su interior".
El vuelo de la perra también permitió a los científicos soviéticos analizar los efectos de la radiación solar y los rayos cósmicos en el organismo.
Laika viajó en el interior de la cabina provista de un arnés especial para combatir los efectos de la ingravidez, bebió agua a través de unos dispensadores e ingirió alimentos en forma de gelatina.
La perra, cuyos signos vitales fueron relativamente normales durante el ascenso y la entrada en órbita, e incluso ladró varias veces durante su periplo, únicamente sobrevivió durante 5 o 7 horas, pero eso no se supo hasta 2002.
En un principio, la agencia de noticias soviética TASS informó de que Laika regresaría a la Tierra en paracaídas, para después anunciar que había muerto sin dolor tras una semana de órbita terrestre.
El caso es que la máquina de propaganda soviética temía la reacción de sus ciudadanos y del mundo entero, para quienes Laika era mucho más que un perro.
Al parecer, los científicos tenían intención de quitarle la vida tras varios días de órbita, pero un fallo técnico provocó un aumento de la temperatura en el interior de la nave y frustró sus planes.
El científico del Instituto de Problemas Biológicos de Moscú, Dmitri Maláshenko, desveló el misterio en 2002 durante un congreso espacial en Houston: Laika había muerto debido al calor y al pánico.
Laika fue víctima de la carrera espacial y de la guerra propagandística que enfrentó durante varias décadas a la Unión Soviética y Estados Unidos, y que finalmente se decantó en favor de la potencia occidental.
En todo caso, la perra rusa se convirtió en una heroína para el mundo entero y su nombre ha sido utilizado en innumerables ocasiones para campañas publicitarias, novelas, canciones e incluso una región del planeta Marte fue bautizada Laika.
El Sputnik-2, una cápsula de cuatro metros de largo y dos metros de ancho, se desintegraría al reingresar en la atmósfera terrestre el 14 de abril de 1958 tras 162 días en órbita.
Laika, que murió a los 10 años de edad, fue el último perro en ser enviado al espacio en una nave sin sistema de retorno.
En total, la URSS realizó 29 vuelos espaciales con perros entre julio de 1951 y septiembre de 1962, de los que 8 acabaron trágicamente, mientras los 21 restantes regresaron en paracaídas con máscaras de respiración y trajes espaciales.
Tras el trágico vuelo, aunque fructuoso desde el punto de vista científico, de Laika, la Unión Soviética no volvió a enviar animales al espacio hasta el año 1960.
El 19 de agosto de aquel año volaron juntas las perritas Belka (ardilla) y Strelka (flecha). Tuvieron mayor fortuna que su antecesora porque ellas sí lograron regresar a la Tierra sanas y salvas. Pasaron en órbita un total de 25 horas y estuvieron acompañadas en ese periplo de moscas y ratones.
Un mes antes, el 28 de julio de 1960, habían perecido en órbita otras dos perras, Bars (lince) y Lisichka (zorra). Otros tres animales sucumbieron en los meses siguientes. De la treintena de perros que fueron empleados como cobayas entre 1951 y 1961, la mitad se dejaron la piel en el espacio, pero dejaron el terreno expedito para que Yuri Gagarin se convirtiera, el 12 de abril de 1961, en el primer ser humano en viajar al espacio.
Lo importante aquí no soy yo . . . sino todo aquello que me rodea, que representa un interés en mi vida y que significó en algún momento algo especial para mí, más alguna que otra cosa que todavía descubró a estas alturas.
Nada aquí es mio, salvo una que otra opinión, las historias, muchas de ellas suelen estar más apegadas a los mitos que a la realidad, las reflexiones buscan reactivar la actitud, la mia y la de todo aquel que le interese lo positivo, además de una enorme cantidad de curiosidades de nuestro mundo y del universo.
Lo maravilloso de internet es que uno puede estar donde quiera con sólo un clic, reencontrar textos que permanecían incompletos en nuestra memoria, información a la que en otros tiempos no teniamos acceso... conocimiento, que solo necesita de que podamos dicernir para diferenciar lo que es cierto de lo que es falso.
Justo al final de esta barra, después del Archivo del Blog, estan todas las etiquetas que he usado, sirviendo como un índice para encontrar algún tema que les interese.