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martes, 7 de julio de 2009

EL VINO


Sí señor, Sí señor...

El vino puede sacar
cosas que el hombre se calla;
que deberían salir
cuando el hombre bebe agua.

Va buscando, pecho adentro,
por los silencios del alma
y les va poniendo voces
y los va haciendo palabras.

A veces saca una pena,
que por ser pena, es amarga;
sobre su palco de fuego
la pone a bailar descalza.

Baila y bailando se crece,
hasta que el vino se acaba
y entonces, vuelve la pena
a ser silencio del alma.

Sí señor...
El vino puede sacar cosas que el hombre se calla.

Cosas que queman por dentro,
cosas que pudren el alma
de los que bajan los ojos,
de los que esconden la cara.

El vino entonces, libera
la valentía encerrada
y los disfraza de machos,
como por arte de magia...

Y entonces, son bravucones,
hasta que el vino se acaba
pues del matón al cobarde,
solo media, la resaca.

Sí señor...
El vino puede sacar cosas que el hombre se calla.

Cambia el prisma de las cosas
cuando más les hace falta
a los que llevan sus culpas
como una cruz a la espalda.

La impura se piensa pura,
como cuando era muchacha
y el astado regatea
la medida de sus drama.

Y todo tiene colores
de castidad, simulada,
pues siempre acaban el vino
los dos, en la misma cama.

Sí señor...
El vino puede sacar cosas que el hombre se calla.

Pero... ¡qué lindo es el vino!.
El que se bebe en la casa
del que está limpio por dentro
y tiene brillando el alma.

Que nunca le tiembla el pulso,
cuando pulsa una guitarra.
Que no le falta un amigo
ni noches para gastarlas.

Que cuando tiene un pecado,
siempre se nota en su cara...
Que bebe el vino por vino
y bebe el agua, por agua.


Alberto Cortez

miércoles, 11 de febrero de 2009

CALLEJERO


Era callejero por derecho propio.

Ese derecho lo adquirío, centímetro a centímetro,en todas las calles que transitó, ya sea las de asfalto, ya sea las del alma de todos aquellos que tuvimos el privilegio de conocerlo.

Era un perrazo de pelo blanco y, distribuidas estratégicamente sobre todo él, una serie de manchas negras. Su cola, físicamente, tenía la forma de un peludo signo de interrogación. Su cola, metafóricamente, se me ocurría la eterna incógnita de su vida que para evitar la problemática inherente, él, filosóficamente, ubicaba lejos de su campo focal, es decir, adonde terminaba su humani... perdón, su "perridad".

Nos conocimos cuando por esas cosasencontramos en el edificio donde él nació, un sitio para vivir nosotros. Nuestras relaciones desde el principio fueron en "crecendo". Le bajábamos comida con frecuencia y él la agradecia sobriamente, esbozando un breve y amistoso saludo a nuestro paso. Tenía la costumbre de estirar su voluminoso cuerpo a lo largo del hall de entrada, preocupándose muy poco de quién entraba o salía, pero vigilando a todos.

Convencido de nuestra amistad, un buen día nos concedío el honor de la suya y lo demostró subiendo con nosotros a nuestro artamento. Los porteros y algunos amigos festejaronlo que ellos concideraban una auténtica victoria nuestra, ya que nadie con anterioridad había conseguido semejante hazaña. Quizá , para prevenir un lógico exceso de entusiasmo por nuestra parte, impuso una serie de condiciones que aceptamos de buen agrado. Por ejemplo, utilizar la escalera en lugar del ascensor y no intentar detenerlo cuando le diera la gana de irse. A partir de aquel momento, fue un asiduo visitante de nuestra casa, aunque cada una de sus visitas nos costaba un buen esfuerzo, pues subíamos con él los cinco pisos de la dichosa escalera.

Todo marchaba de maravillas hasta que un día "Ella" no se sintió bien como para subir andando hasta la vivienda; entonces se dio por enterado y desde ese instante entró siempre en el ascensor; incluso, muchas veces lo hacia solo; el portero le abría la puerta y alguien de nosotros lo recibía en el quinto.

La perrera visitaba el barrio con frecuencia, bien enterada de que en aquellas calles vagaban una buena colección de "chuchos" (así le llaman los madrileños a los perros vagabundos) en quienes descargar su sospechoso sentido de la higiene y del deber, a sabiendas de que los habitantes del barrio nos preocupábamos por alimentarlos y vacunarlos, día a día y año tras año. La prueba de ello es que cada callejero llevaba un modesto collar con su chapa de salubridad correspondiente.

Palomo o Moro, como indistintamente le llamábamos, llevaba varias aparte de la que rezaba "Estoy vacunado" y en cada una de ellas el número telefónicode alguien que, como nosotros, temía que a pesar de sus garantías de higiene se lo llevase la dichosa perrera. En resumen: el collar que Moro lucía orgullosamente era una auténtica guía telefónica del barrio. Sumadas a estas precauciones, estaba la de haber repartido en las dos o tres delegaciones donde se llevaba a los perros recogidos, varias fotos del sujeto, acompañadas con el inocente chantaje de una botella de licor, asegurándonos así el aviso inmediato en caso de que por allí apareciera. Por supuesto que al hacer todo esto estábamos subestimando la natural astucia del animal, a quien, por más que lo intentaron, nos consta, jamás lograron atrapar; pero sucede que cuando queremos a alguien toda precaución nos parece poca.

Su libertad absoluta nos invitaba a defendérsela a ultranza, olvidándonos que la libertad no puede tener mejor guardián que uno mismo.

El viejo Pablo era el portero nocturno del edificio y fue guardián de obra cuando se construyó. El viejo Pablo era un anciano que irradiaba una inmensa ternura desde la insalvable trinchera de su timidez.

El viejo Pablo era de ese tipo de seres que han empezado su vida alrededor de una resignación que se adivina en cada una de sus palabras y de sus actitudes. El viejo Pablo daba la sensación de que a cada instante pedía perdón por el aire que gastaba y por el piso que utilizaba para caminar. Al viejo Pablo le sucedieron cosas dramáticas en su vida personal, aparte de aquellas que debió vivir durante la guerra y la posguerra españolas. Los ojos del viejo Pablo eran opacos como su vida y sólo le brillaban cuando, por la costumbre, se le llenaban de lágrimas mientras relataba entrecortadamente algún pasaje de su historía. Es difícil desacostumbrar a los ojos cuando la vidalos a sometido a tanto llanto, tantas veces. Él era el verdadero amo de Moro, más no por su decisión, sino por la del propio perro. Diariamente, Pablo terminaba su labor a las ocho de la mañana y emprendía su caminata hasta la Plaza de Castilla que quedaba a poco menoa de un kilómetro de distancia, para coger el Metro que lo llevaba a su hogar. Cuando Moro dormía en nuestra casa (muchas noches lo hacía), a las siete en punto suavemente nos despertaba para que le abriésemos la puerta. Bajaba presurosamente la escalera y esperaba al viejo sentado en la acera. Cuando éste salía lo acompañaba hasta el túnel del Metro y se volvía. Así todos los días, con sol y con lluvia, invirno y verano, a excepción de los domingos que Pablo tenía su día libre. Ese día a nuestro amigo no había forma de despertarlo, por lo menos hasta el mediodía. ¡Qué curiosa e infalible medición instintiva del tiempo tienen los animales!.

Cuando andaba por el barrio vivía en nuestro hogar y disfrutábamos de su compañía durante dos o tres semanas a lo sumo. Al cabo de ellas se esfumaba como por arte de magia. Las primeras veces nuestra preocupación por su suerte nos llevaba a recorrer las delegaciones de la perrera, las calles del vecindario,incluso a sospechar su muerteen algún combate del dominio territorial, Nos dedicábamos también a preguntar a los traperos y gitanos que frecuentan el barrio, con el temor de que hubiera sido capturado por éstos y vendido a algún laboratorio, en donde para experimentar, suelen comprar perros a estos personajes sin averiguar su procedencia. Cuando después de un tiempo lo dábamos por perdido, aparecía de pronto como se había ido. Generalmente regresaba más flaco y con algunas huellas de pelea. Permanecía con nosotros otras dos o tres semanas y la historia volvía a empezar otra vez. El alivio a nuestras preocupaciones llegó cuando descubrimos el motivo de sus correrías... ¡Callejera como él!... Atravesaba un auténtico laberinto de calles y avenidas, algunasde tránsito rápido, esperando pacientemente en el sitio que corresponde en cada una de ellas la señal de "pasen peatones" para atravesarlas, como un buen hijo de vecino respetuoso de las reglas que la sociedad impone a todos.

De los niños soportaba cualquier cosa que le hicieran. En el baldío de enfrente antes de que se convirtiera en jardín con iglesia en el centro, solía jugar toda una pandilla de críos a los a los clásicos juegos de los chicos, es decir a policías y ladrones, detrás de un balón, etc. Él era uno más de la pandilla y estaba integrado a ella por decisión bilateral. Él a gusto con los niños y los niños a gusto con él. Era un personaje amigo de todo el mundo, aunque debo aclarar que no regalaba ese sentimiento a cierto sereno nocturno, de quien sin duda guardaba el desagradable recuerdo de un buen golpe en su lomo, y tampoco a los curas. No hacía distinciones,sotana que veía, sotana que recibía su agresiva forma de manifestar la mala impresión que le causaba. El motivo de este rechazo no lo supimos nunca y prefiero no perderme en lucubraciones al respecto.

Como a la mayoría de los perros los automóviles le atraían de dos maneras. Una era sentarse cómodamente en el asiento trasero tratando de asomar el hocico por las ventanillas abiertas para recibir la caricia del aire en su cara, protestando airadamente cuando el invierno o la lluvia nos obligaba a cerrarlas. La otra, su batalla personal con los neumáticos de cualquier vehículo en movimiento que pasaba por nuestra calle.

Creo que fue esto lo que le costó la vida.

Nos llamó un operario de una obra en construcción cerca del sitio donde vivía su "favorita" y, curiosamente, escogío nuestro número de teléfono entre los muchos que colgaban de su collar.

"No tiene ninguna herida -nos dijo-, debe de haber sido un coche".

Si, ese cómodo y feroz asesino de nuestro tiempo había segado la apasionante vida de uno de los seres más libres que he conocido.

El anecdotario de "Callejero" es tan extenso que sería menester ocupar la totalidad de las páginas de este libro para acercarnos a conocer su dimensión casi humana. Pero no son sus anécdotas la verdadera razón que me llevó a escribir unos versos sobre él sino su libertad, su respeto hacia la ajena, ya que nunca condicionó a nadie para poder pasar cómodamente por este mundo, su sentido limpio de la amistad total, su absoluta indiferencia por la posesión de cosas que pudieran aprisionar su independencia ejemplar y, por encima de todo, la razón más fuerte de todas: el incontrolable sentimiento de amor que despertó en todos los que tuvimos la oportunidad de amarlo.


R.I.L. (Requiestat in Libertate)





Era callejero por derecho propio;
su filosofía de la libertad
fue ganar la suya, sin atar a otros
y sobre los otros no pasar jamás.

Aunque fue de todos, nunca tuvo dueño
que condicionara su razón de ser.
Libre como el viento era nuestro perro,
nuestro y de la calle que lo vio nacer.

Era un callejero con el sol a cuestas,
fiel a su destino y a su parecer;
sin tener horario para hacer la siesta
ni rendirle cuentas al amanecer.

Era nuestro perro y era la ternura,
esa que perdemos cada día más
y era una metáfora de la aventura
que en el diccionario no se puede hallar.

Digo ""nuestro perro"" porque lo que amamos
lo consideramos nuestra propiedad
y era de los niños y del viejo Pablo
a quien rescataba de su soledad.

Era un callejero y era el personaje
de la puerta abierta en cualquier hogar
y era en nuestro barrio como del paisaje,
el sereno, el cura y todos los demás.

Era el callejero de las cosas bellas
y se fue con ellas cuando se marchó;
se bebió de golpe todas las estrellas,
se quedó dormido y ya no despertó.

Nos dejó el espacio como testamento,
lleno de nostalgia, lleno de emoción.
Vaga su recuerdo por los sentimientos
para derramarlos en esta canción.


Alberto Cortez
Extraido del libro Equipaje

martes, 11 de noviembre de 2008

MI CUERPO, MI ENEMIGO


Desde el día de mi nacimiento mi cuerpo ha sido mi enemigo. Mi madre fue la primera en saberlo, pues mi tamaño al nacer le provocó unos dolores tan intensos como insoportables que ella estoicamente soportó sin renunciar a su deber y me trajo al mundo. Mi primer llanto debe haber sido una continuación del de mi madre por el esfuerzo tan doloroso.


Del tiempo de lactancia, en el que prácticamente agoté los siempre listos senos de mi progenitora, se pasó al tiempo del biberón. Ya para entonces yo era de un tamaño superior a lo que se suponía normal para mi tiempo de vida. Esa anormalidad física también lo era desde el punto de vista alimenticio. Mi biberón, por exigencias del guión, no era un biberón como cualquier otro. Consistía en una botella común de un litro rellena de leche con una tetilla de goma en el pico. Me cuentan que me sentaba en la acera de la casa familiar a ver pasar el mundo y disfrutar de aquel néctar que mi madre preparaba con esmero y abundancia. Antes de seguir adelante con este relato debo aclarar que nací en una población con un entorno rural que fundamenta su vida y su economía en la alimentación, y que asegura a los habitantes unos alimentos básicos sin ningún tipo de artificios químicos. Cuentan los mayores que aquel pedazo de niño, al que se le podía llamar “pequeño”, que era un tanto sibarita, pues al parecer cuando aquel botellón de leche había vaciado su contenido en mi interior yo miraba el recipiente vacío y lo tiraba por encima del hombro como si de una copa de champagne se tratara en un cabaret parisino de “la belle époque”.


Aquella exuberante forma de alimentarme tuvo su continuidad sana y sustanciosa que fue generando una estatura que si bien al principio despertaba admiración, a la postre fue convirtiendo mi cuerpo en mi enemigo. Un enemigo un tanto traumático, porque los niños de mi edad evitaban jugar conmigo por temor a mi altura y fortaleza, generando burlas y apodos que a mí me resultaban molestos que muchas veces conseguían cabrearme al punto de evitar muchas veces juntarme con mis amigos y jugar a solas con mi rabia. Por supuesto, cuando llegó el tiempo de la escuela en la formación matinal para izar la bandera yo era siempre el último de la fila, y así fue a lo largo de todo mi tiempo de estudios. En el pueblo había un equipo infantil de fútbol que participaba en un campeonato nacional. El entrenador me dio el puesto de defensa central y no por mis habilidades futbolísticas, que nunca las tuve, mas sí por mi estatura, que imponía respeto en los delanteros del equipo contrario. A pesar de las muchas burlas y apodos que hube de soportar en mi niñez nunca he sido un chico agresivo ni he utilizado mi tamaño para amedrentar a nadie. Durante mi infancia recuerdo sólo dos peleas a puñetazos. Una en la escuela primaria, contra el hijo del comisario que insultó gravemente a mi padre con quien el comisario mantenía una disputa soterrada y absolutamente arbitraria. Mi padre tenía un bar-café en donde los parroquianos para amenizar el café de la sobremesa jugaban ruidosas partidas de truco, de mus o de tute. El comisario alegaba que el juego era algo prohibido por una ley que seguramente sólo existía en su cabeza. De vez en cuando irrumpía en el salón y desbarataba las inocentes partidas de naipes con la consiguiente burla del personal, lo cual lo enfurecía y terminaba profiriendo amenazas de todo tipo. De aquella pelea escolar me quedaron las orejas al rojo vivo por los tirones que me proporcionó la directora y un aviso de que la próxima vez sería expulsado. Por supuesto, el hijo del comisario sólo recibió una leve reprimenda.


La segunda tuvo un final mucho más feliz. En el grupo de mis amiguitos había un niño rubio con ojos azules y no sé por qué se convirtió en el destinatario de mis bromas y crueldades. Seguro del poderío de mi estatura, yo lo martirizaba con bromas pesadas, le tiraba del pelo, lo empujaba y procuraba hacerlo caer, en fin, esas crueldades propias de los niños, hasta que un día, pese a la notable diferencia de tamaño, me plantó cara y me desafió a pelear harto de mi conducta. Un atardecer, cuando las sombras empezaban a invadir las últimas horas del día, nos enfrentamos en una apartada calle sin testigos y nos dimos duro. La pelea terminó en un abrazo emocionado y desde aquel día Aníbal es uno de mi más grandes y queridos amigos. Ahora, cuando ambos hemos tropezado con una edad que sobrepasa los sesenta, cada encuentro es un homenaje a la amistad y el abrazo que nos damos mantiene aún el calor y la emoción de aquel del que nunca hemos vuelto a hablar. Se me ocurre pensar que al no haber hablado nunca más de aquello es como si ambos nos avergonzáramos de haber descubierto y fortalecido nuestro afecto con una golpiza.


Terminé la escuela primaria a los doce años con una estatura ya de adulto. Me sorprendió la adolescencia siendo ya un muchacho muy guapo y aquello exigía una vestimenta que ya empezaba a tener relaciones directas con la coquetería, pero claro, no había zapatos a mi medida ni ropa que me gustara a mi medida. Desde los doce años he llevado la cruz de no poder disponer de las prendas que te ofrecen los escaparates o vidrieras, como se llaman aquellos en Argentina. “Lo sentimos, muchacho, pero eso que te gusta no lo hay para tu tamaño”, siempre es la eterna cantinela que desde entonces viaja conmigo como pasajera no deseada pero constante.
Durante los cinco años que pasé en el colegio secundario me propuse convertirme en un atleta y comencé a practicar atletismo y llegué a destacarme en lanzamientos, disco, peso, jabalina, etc., pero nunca en carreras. Mi tamaño fue siempre un “hándicap” para esos menesteres. La disciplina me obligaba a entrenamientos severos que incluían el correr para conseguir una preparación física adecuada y al final de cada sesión llegaba exhausto, con la respiración entrecortada y necesitando algunas veces asistencia por parte de mis compañeros. Lo mismo me sucedía con el baloncesto, deporte “ad-hoc” para mi estatura. En esta disciplina nunca pude aguantar un partido entero.


Terminados mis estudios secundarios abandoné definitivamente los estadios deportivos e ingresé en la universidad con la firme intención de convertirme en abogado de postín. Mi entusiasmo por las leyes no duró mucho, pues a poco de haber ingresado en aquella casa de estudios colgué mi futura posible la toga y descolgué mi segura propia guitarra. Con ella subí al escenario por primera vez para no bajarme ya más hasta hoy. El escenario recibió mi figura con alegría y con bastante éxito, sobre todo entre las féminas. Era guapo y no cantaba mal, y eso provocó que me convirtiera en un sensual oscuro objeto de deseo para algunas pescadoras de jóvenes bellos y supuestamente aún sin estrenar. En esa época le agradecí a mi cuerpo su predisposición para las conquistas y más aún por la fortaleza para resistir aquel ritmo de vida. Al tiempo que disfrutaba, gracias a mis encantos, de los placeres del sexo, comenzó a llamarme la buena mesa y aquello del buen comer y del buen beber. Quién me iba a decir a mí que aquello significaría la transformación de mi cuerpo amigo, proveedor de todos los placeres, en el enemigo censor implacable de todos aquéllos. Los excesos fueron haciéndose cargo de mi bello cuerpo. Comenzó por regalarme una graciosa barriguita que yo justificaba como la curva de la felicidad, luego apareció el primer michelín y con él la voz de alarma de mi entorno: “Cuidado, que estás engordando y un artista gordo no se ve bien”. Yo me defendía aludiendo a Charles Laugthon, a Luciano Pavarotti y a cualquier otro artista referente gordo de fama. Mi cuerpo finalmente se instaló en su atalaya como mi peor enemigo. Desde allí comenzó a dirigir sus saetas, cada cual más hiriente y más lesiva. Saetas con nombre propios hasta entonces desconocidos por mí: colesterol, triglicéridos, urea, ácido úrico y qué sé yo cuántas cosas más. Para defenderme de aquellas agresiones comencé por utilizar las armas habituales, es decir, el ponerme a régimen. Visité especialistas que me impusieron severas dietas y esa lucha sin cuartel aún persiste. Precisamente cuando uno al fin ha aprendido a saborear el verdadero sentido de la buena vida, mi enemigo, siempre alerta, me vigila sin tregua ni piedad. Cuando me paso con algunos kilos de más despierta a voces a todo el vecindario buscando cómplices para reprenderme y torturarme con denuncias tan insistentes como impías. Espero que este cuerpo mío que se ha convertido en mi más temible enemigo, al menos cometa el error de permitirme conseguir esa dieta ideal no demasiado severa y volver una vez más a empezar ya que soy de los que creen que siempre queda espacio para un intento mejor. A ver si este puñetero cuerpo mío deja de ser mi enemigo y me permite vivir en paz lo que me quede de vida.





Alberto Cortez

domingo, 1 de junio de 2008

SOY UN SER HUMANO


Más allá de cualquier ideología...
más allá de lo sabio y lo profano,
soy parte del espacio, soy la vida
por el hecho de ser un ser humano.

Yo soy el constructor de mis virtudes
como lo soy, a la vez, de mis defectos;
torrente inagotable de inquietudes...
genial contradicción de Lo Perfecto.

Yo puse las espinas en la frente
los clavos en los pies y en ambas manos...
después rompí a llorar amargamente
la muerte irreparable de mi hermano.

Por mí se hace polémica la duda...
¿Quién soy?, ¿adónde voy?, ¿de dónde vengo?...
a través de los tiempos, tan aguda,
que con ella renazco y me sostengo.

Soy el que abrió la caja de Pandora
que guardaba los males del planeta.
No escapó la esperanza... ¡En buena hora!
por ella sobrevivo y soy poeta.

Yo soy quien ha creado las prisiones,
la lucha fratricida y la injusticia,
más también he inventado las canciones
y el encanto sutil de una caricia.
En nombre de mi Dios, soy asesino,
embustero, fanático y tirano;
desafiando las leyes del destino
tengo sangre de siglos en las manos.

Más también en su nombre soy la rienda
que consigue domar a tanto potro...
Sería, sin un orden, la merienda
de comernos los unos a los otros.

Soy el poder, que condena los instintos
naturales del hombre, mi censura
reptando por oscuros laberintos
impone la moral de su estatura.

Yo soy un individuo entre la masa...
La coincidencia, es sólo un accidente...
Busco esposa, doy hijos, tengo casa,
soy la opción de un cerebro inteligente.

¿Qué vale más, inquietud de mi existencia,
cuando llegue el final y quede inerte?
¿El arte, por fijar mi trascendencia
o el eterno misterio de la muerte?.

Por todo, más allá de ideologías...
más allá de lo sabio y lo profano...
soy parte del espacio, soy la vida
por el hecho de ser un ser humano.


Letra y Música: Alberto Cortez

martes, 1 de enero de 2008

QUE SUERTE HE TENIDO DE NACER


Qué suerte he tenido de nacer,
para estrechar la mano de un amigo
y poder asistir como testigo
al milagro de cada amanecer.

Qué suerte he tenido de nacer,
para tener la opción de la balanza,
sopesar la derrota y la esperanza
con la gloria y el miedo de caer.

Qué suerte he tenido de nacer,
para entender que el honesto y el perverso
son dueños por igual del universo
aunque tengan distinto parecer.

Qué suerte he tenido de nacer,
para callar cuando habla el que más sabe,
aprender a escuchar, ésa es la clave,
si se tiene intenciones de saber.

Qué suerte he tenido de nacer,
y lo digo sin falsos triunfalismos,
la victoria total, la de uno mismo,
se concreta en el ser y en el no ser.

Qué suerte he tenido de nacer,
para cantarle a la gente y a la rosa
y al perro y al amor y a cualquier cosa
que pueda el sentimiento recoger.

Qué suerte he tenido de nacer,
para tener acceso a la fortuna
de ser río en lugar de ser laguna,
de ser lluvia en lugar de ver llover.

Qué suerte he tenido de nacer,
para comer a conciencia la manzana,
sin el miedo ancestral a la sotana
ni a la venganza final de Lucifer.

Pero sé, bien que sé...
que algún día también me moriré.
Si ahora vivo contento con mi suerte,
sabe Dios qué pensaré cuando mi muerte,
cuál será en la agonía mi balance, no lo sé,
nunca estuve en ese trance.

Pero sé, bien que sé...
que en mi viaje final escucharé
el ambiguo tañir delas campanas
saludando mi adiós, y otra mañana
y otra voz, como yo, con otro acento,
cantará a los cuatro vientos...

Qué suerte he tenido de nacer.


Alberto Cortez



lunes, 3 de diciembre de 2007

CALLEJERO

Era callejero por derecho propio;
su filosofía de la libertad
fue ganar la suya, sin atar a otros
y sobre los otros no pasar jamás.

Aunque fue de todos, nunca tuvo dueño
que condicionara su razón de ser.
Libre como el viento era nuestro perro,
nuestro y de la calle que lo vio nacer.

Era un callejero con el sol a cuestas,
fiel a su destino y a su parecer;
sin tener horario para hacer la siesta
ni rendirle cuentas al amanecer.

Era nuestro perro y era la ternura,
esa que perdemos cada día más
y era una metáfora de la aventura
que en el diccionario no se puede hallar.

Digo "nuestro perro" porque lo que amamos
lo consideramos nuestra propiedad
y era de los niños y del viejo Pablo
a quien rescataba de su soledad.

Era un callejero y era el personaje
de la puerta abierta en cualquier hogar
y era en nuestro barrio como del paisaje,
el sereno, el cura y todos los demás.

Era el callejero de las cosas bellas
y se fue con ellas cuando se marchó;
se bebió de golpe todas las estrellas,
se quedó dormido y ya no despertó.

Nos dejó el espacio como testamento,
lleno de nostalgia, lleno de emoción.
Vaga su recuerdo por los sentimientos
para derramarlos en esta canción.


Alberto Cortez